Hace unos días estuve leyendo sobre una escritora llamada Joan Didion y encontré una idea suya que me pareció especialmente bonita: escribía para descubrir qué estaba pensando.
Me quedé un rato con esa frase.
Nunca había pensado en la escritura exactamente de esa manera. Muchas veces creemos que el proceso empieza con una idea clara, algo que queremos contar, una reflexión que ya hemos elaborado en nuestra mente. Después, simplemente buscamos las palabras adecuadas para ponerla sobre el papel.
Pero ¿y si no siempre fuera así?
¿Y si, en ocasiones, escribir fuera precisamente la manera de encontrar aquello que todavía no sabemos cómo expresar?
Me gusta pensar que hay algo de eso en la forma en que Joan Didion se acercaba a la escritura. A veces, todo comenzaba con una imagen, una escena o un pequeño detalle que permanecía en su memoria. Algo que había visto, pero cuyo significado todavía no comprendía del todo.
Entonces escribía.
No necesariamente porque tuviera una conclusión a la que quisiera llegar, sino porque necesitaba explorar aquello que había llamado su atención. Descubrir por qué seguía pensando en ello, qué había detrás de esa imagen o qué estaba intentando comprender.
La escritura se convertía así en una forma de mirar un poco más de cerca.
«Escribo enteramente para descubrir qué estoy pensando, qué estoy mirando, qué veo y qué significa».— Joan Didion
Mirar un poco más de cerca
Y esa idea me hizo pensar en todas esas pequeñas cosas que también permanecen en nuestra mente, incluso cuando no sabemos muy bien por qué.
A veces es una conversación que seguimos recordando días después.
O una frase que alguien dijo casi sin darle importancia, pero que, por alguna razón, se quedó con nosotros.
Puede ser una imagen que vimos mientras caminábamos, una sensación difícil de explicar o un pensamiento que aparece de repente cuando estamos haciendo cualquier otra cosa.
No siempre sabemos qué significan esas pequeñas cosas. Ni por qué nos conmueven, nos incomodan o despiertan tanta curiosidad.
Simplemente están ahí.
Y creo que muchas veces intentamos ignorarlas porque no sabemos qué hacer con ellas. Esperamos a tener una idea más clara, a comprender exactamente lo que sentimos o a encontrar una explicación antes de empezar a escribir.
Pero quizás no necesitamos tenerlo todo resuelto.
Quizás podemos comenzar precisamente desde ese lugar: desde la duda, desde la curiosidad, desde aquello que todavía no tiene un nombre.
Podemos escribir sobre una escena sin saber por qué nos ha impresionado. Intentar describir una sensación sin encontrar todavía las palabras exactas. Volver sobre un recuerdo sin tener claro qué estamos buscando en él.
Y permitir que la escritura nos acompañe mientras lo descubrimos.
Claridad sin tener que forzarla
Hay algo que me gusta especialmente de ese proceso: la posibilidad de encontrar claridad sin tener que forzarla.
Cuando escribimos, empezamos a elegir palabras. Algunas nos parecen adecuadas, otras no terminan de expresar lo que queremos decir. Cambiamos una frase, volvemos a leerla, añadimos algo que habíamos olvidado y, a veces, descubrimos que lo que queríamos expresar era un poquito diferente de lo que imaginábamos.
Poco a poco, aquello que antes era solamente una sensación empieza a tomar forma.
No siempre encontramos una respuesta definitiva. A veces, lo único que conseguimos es formular una pregunta que antes no sabíamos que teníamos.
Pero incluso eso puede ser valioso.
Porque pensar no siempre significa llegar a una conclusión. A veces significa detenernos a observar algo con más atención, reconocer una emoción o descubrir que detrás de un pensamiento había otro que todavía no habíamos considerado.
Y escribir nos da un espacio para hacerlo.
Un espacio donde podemos detenernos, volver atrás, cambiar de opinión y permitirnos pensar sin la necesidad de tener una respuesta inmediata.
Pensar no siempre significa llegar a una conclusión. A veces significa detenernos a observar con atención y darnos permiso de no tener una respuesta inmediata.
Un espacio para escucharnos
Quizás por eso me gusta tanto la idea de escribir para descubrir lo que pensamos.
Porque nos recuerda que no tenemos que esperar a sentirnos completamente seguros de una idea para empezar a explorarla.
No necesitamos tener una reflexión extraordinaria, una historia perfectamente construida o algo especialmente interesante que contar.
A veces basta con una pequeña inquietud.
Con algo que nos llamó la atención durante el día.
Con una pregunta que no hemos conseguido responder o una sensación que todavía estamos intentando comprender.
Podemos empezar con una sola frase y ver hacia dónde nos lleva. Podemos escribir unas cuantas líneas sin saber si tendrán algún sentido cuando volvamos a leerlas.
No todo lo que escribimos tiene que convertirse en algo terminado. Algunas páginas pueden ser simplemente eso: un lugar donde dejamos descansar nuestros pensamientos mientras intentamos entenderlos.
Un pequeño espacio para escribir
En Inner Villa encontrarás un espacio digital para escribir tus pensamientos, explorar lo que sientes y descubrir lo que las palabras tienen para contarte.
Explora nuestro espacio de journaling →Y quizás, al releerlas, encontremos algo que no habíamos visto antes.
Una idea que estaba escondida entre otras palabras. Una emoción que no habíamos reconocido. Una pequeña verdad que necesitaba un poco de espacio para hacerse visible.
Descubrir lo que vivimos
Últimamente me gusta pensar en la escritura no solamente como una manera de recordar lo que vivimos, sino también como una forma de descubrirlo.
Porque a veces vivimos las cosas demasiado rápido. Pasamos de una conversación a otra, de una tarea a la siguiente, y no siempre nos damos el tiempo de preguntarnos qué nos dejaron esos momentos.
Escribir puede ser una manera de regresar a ellos.
De observarlos con calma, de preguntarnos por qué algo nos hizo sentir de determinada manera o por qué seguimos pensando en aquello que, en apariencia, fue un momento cualquiera.
No para encontrar un significado profundo en absolutamente todo, sino para darnos la oportunidad de prestar atención.
A lo que vemos.
A lo que sentimos.
A lo que todavía estamos intentando comprender.
Y me parece bonito pensar que, en medio de tantos días que pasan casi sin que nos demos cuenta, podemos reservar un pequeño espacio para escucharnos.
Sin prisa. Sin expectativas demasiado grandes. Sin tener que escribir algo que alguien más vaya a leer.
Solamente para nosotros.
Las palabras que nos esperan
Quizás escribir no consista únicamente en poner en orden los pensamientos que ya teníamos.
A veces, también es una forma de encontrarnos con aquellos que todavía no sabíamos que estaban ahí.
Y tal vez no siempre necesitemos sentarnos frente a una página sabiendo exactamente qué queremos decir.
Podemos empezar con una imagen, una pregunta, una frase que se quedó con nosotros.
Podemos escribir porque algo nos intriga, porque algo nos conmueve o simplemente porque hay una pequeña parte de nuestra experiencia que queremos mirar un poco más de cerca.
No necesitamos saber dónde terminará el texto.
A veces, basta con comenzar.
Porque quizás algunas ideas no aparecen antes de escribirlas.
Quizás nos esperan, de alguna manera, entre las palabras que todavía no hemos encontrado.
Y entonces escribimos.
No porque ya sepamos qué decir.
Sino, precisamente, para descubrirlo.




