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Ser suficiente para mí

TIEMPO DE LECTURA: 8 MIN24 SEP 2026
FILOSOFÍA
Ser suficiente para mí — Postal de mindfulness y bienestar en Inner Villa

Foto: Clive Nichols

Últimamente me he encontrado mucho con una idea: ser suficiente para mí.

No sé exactamente de dónde viene. No recuerdo haberme sentado a buscarla, ni haber decidido que necesitaba pensar en ella. Simplemente ha aparecido en mi mente, una y otra vez, como esas pequeñas cosas que llegan sin hacer ruido, pero que de alguna manera parecen estar esperando a que les prestemos atención.

Quizás porque la seguridad en uno mismo, la confianza y el valor que nos damos son asuntos bastante más complicados de lo que nos gustaría admitir. Y creo que, en estos tiempos, lo son todavía más.

Vivimos rodeados de imágenes de otras vidas. Vemos lo que otros hacen, los lugares que visitan, las cosas que consiguen, los proyectos que empiezan, las versiones de sí mismos que deciden compartir. Y aunque sabemos que las redes sociales son apenas una pequeña ventana a la vida de alguien, a veces es difícil no mirar hacia afuera y empezar a preguntarnos si nosotros también deberíamos estar haciendo algo diferente.

Si deberíamos ser un poco más esto, un poco menos aquello. Si ya tendríamos que haber llegado a algún lugar. Si estamos avanzando lo suficiente.

Y, casi sin darnos cuenta, podemos empezar a mirar nuestra propia vida con los ojos de alguien más.

Me pregunto cuánto de esa inseguridad nace de ahí. De pasar tanto tiempo observando lo que otros son, que terminamos olvidando que nosotros también somos alguien.

Hay algo que me gusta de pensar en la idea de ser suficiente para mí: no significa dejar de esforzarme.

No se trata de renunciar a mis sueños, de conformarme con todo lo que tengo o de dejar de querer crecer. Tampoco significa que no haya cosas que quisiera cambiar, aprender o hacer mejor.

Es, más bien, aprender a darle valor a lo que ya soy mientras sigo convirtiéndome en quien quiero ser.

Poder mirar lo que estoy haciendo hoy y reconocer que también tiene mérito. Que hay cosas que he construido con paciencia, otras que me han costado mucho más de lo que imaginaba y otras que, aunque quizás todavía no sean lo que quisiera, merecen ser reconocidas.

A veces parece que solo nos permitimos sentir orgullo cuando llegamos a alguna parte. Cuando conseguimos ese trabajo, alcanzamos una meta, terminamos un proyecto o recibimos la aprobación que estábamos esperando.

Pero ¿qué pasa con todo lo que somos mientras llegamos?

¿Con la persona que está aprendiendo, intentando, equivocándose y volviendo a empezar?

Me gustaría aprender a darle valor también a esa persona. A no esperar siempre a convertirme en alguien diferente para sentir que tengo motivos para quererme.

Cada uno de nosotros es un mundo

Y no lo digo solamente porque tengamos gustos, sueños o personalidades diferentes. Lo digo porque nuestras vidas son demasiado singulares. Cada una tiene su propia historia, sus circunstancias, sus tiempos, sus pequeños descubrimientos y sus formas de encontrar sentido.

Hay personas que encuentran alegría en construir una carrera profesional extraordinaria. Otras quieren una vida tranquila, una casa que se sienta como un refugio, tiempo para leer, cocinar algo rico o pasar una tarde sin mirar el reloj.

Algunas quieren recorrer el mundo. Otras disfrutan profundamente de volver al mismo lugar, de conocerlo cada vez un poquito más.

Y muchas veces queremos varias de esas cosas al mismo tiempo.

No hay una única forma de vivir que pueda contener todas nuestras maneras de ser felices.

Entonces, ¿por qué intentamos moldear nuestra vida como si fuéramos alguien más?

¿Por qué sentimos que debemos parecernos a una persona que admiramos, seguir un camino que parece funcionar para otros o alcanzar determinadas cosas simplemente porque hemos aprendido que eso es lo que significa tener éxito?

Me gustaría recordar que puedo admirar la vida de alguien sin necesitar convertirla en la mía.

Puedo encontrar inspiración en lo que otra persona hace y, aun así, elegir algo completamente distinto.

Puedo querer crecer sin sentir que estoy atrasada.

Y puedo construir una vida que tenga sentido para mí, incluso si no se parece demasiado a la vida que los demás imaginaban.

Aprender de las flores y las nubes

Hace poco estaba escuchando un podcast en el que entrevistaban a Camilo, el cantante, y dijo algo que se me quedó dando vueltas:

«Las flores florecen y las nubes llueven y ya, no andan demostrando nada a nadie».— Camilo

Me gustó mucho esa imagen.

Una flor no necesita mirar a las demás para decidir si está floreciendo lo suficiente. No se pregunta si su color es más bonito, si sus pétalos son más grandes o si debería parecerse a la flor que crece unos metros más allá.

Simplemente florece.

Y las nubes llueven.

No necesitan explicar por qué lo hacen, justificar su existencia ni presentar resultados para demostrar que merecen estar ahí.

Por supuesto, nosotros somos personas. Tenemos responsabilidades, deseos, dudas y decisiones que tomar. No podemos vivir como si nada importara.

Pero quizás hay algo de esa sencillez que sí podemos aprender.

La posibilidad de hacer lo que nos corresponde sin convertir cada cosa en una prueba de nuestro valor. De permitirnos ser quienes somos sin sentir que tenemos que justificarlo constantemente.

A veces me pregunto qué pasaría si dejáramos de vivir como si estuviéramos intentando demostrar algo.

Si pudiéramos hacer las cosas porque nos gustan, porque nos importan, porque nos hacen sentir vivos o porque creemos que vale la pena hacerlas.

Sin necesitar que cada decisión se convierta en una evidencia de que somos inteligentes, exitosos, interesantes o suficientes.

Más allá del trabajo y la productividad

Creo que una de las formas más comunes de medirnos es a través del trabajo.

Cuánto hemos ganado. En qué empresa trabajamos. Qué cargo tenemos. Cuántas personas están a nuestro cargo. Cuánto hemos ascendido, cuánto hemos conseguido, qué tan lejos hemos llegado.

Y no quiero restarle importancia al trabajo. Para muchas personas es una fuente de propósito, independencia, satisfacción y crecimiento. También es una parte importante de la vida y merece nuestro esfuerzo.

Pero a veces siento que terminamos reduciéndonos a él.

Como si nuestra historia pudiera resumirse en una hoja de vida. Como si la respuesta a la pregunta «¿quién eres?» tuviera que empezar necesariamente por lo que hacemos para ganarnos la vida.

Y entonces, ¿dónde quedan todas las otras cosas?

La persona que escucha con atención. La que sabe hacer reír a sus amigos. La que cuida a quienes quiere. La que disfruta de una conversación larga, de una tarde de lluvia o de un libro que le cambia un poquito la manera de ver el mundo.

¿Dónde quedan nuestra sensibilidad, nuestra curiosidad, nuestra capacidad de amar, las cosas que nos conmueven y las pequeñas formas en las que hacemos más bonita la vida de alguien?

No quisiera que todo eso quedara escondido detrás de un cargo o de una cifra.

No quisiera mirar atrás y descubrir que pasé tanto tiempo intentando demostrar que era alguien, que olvidé disfrutar de serlo.

Porque mi valor no debería depender de mi productividad. Ni de mis ingresos. Ni de la velocidad con la que avanzo.

Y tampoco del reconocimiento que recibo por todo ello.

Soy mucho más que lo que consigo hacer en un día.

Tratarnos con generosidad

A veces también somos nosotros quienes nos empequeñecemos.

Nos acostumbramos tanto a compararnos, a cuestionarnos y a encontrar lo que nos falta, que terminamos mirando nuestras propias cualidades como si fueran poca cosa.

Restamos importancia a nuestros logros. Nos cuesta reconocer lo que hacemos bien. Pensamos que algo no cuenta demasiado porque otra persona ya lo hizo, porque alguien lo hizo más rápido o porque todavía no hemos llegado al lugar que imaginábamos.

Y así, poco a poco, nos hacemos más pequeños ante nuestros propios ojos.

Creo que eso también nos dificulta ser nosotros mismos.

Porque cuando sentimos que no somos suficientes, empezamos a corregirnos incluso antes de mostrarnos. Nos guardamos opiniones, escondemos partes de nuestra personalidad, intentamos encajar en lugares donde quizás nunca tuvimos que encajar.

Nos preocupamos tanto por cómo nos perciben los demás que dejamos de preguntarnos cómo nos sentimos siendo quienes somos.

Y qué triste sería vivir de esa manera. Pasar tanto tiempo intentando parecernos a alguien más, que termináramos perdiendo de vista a la persona que ya estaba ahí.

Me gustaría aprender a tratarme con un poco más de generosidad.

No para convencerme de que soy perfecta, sino para dejar de mirarme únicamente desde lo que me falta.

Para reconocer que puedo tener cosas por mejorar y, al mismo tiempo, tener muchas cosas valiosas que no necesitan ninguna mejora para merecer reconocimiento.

Recordar para quién lo estamos intentando

Quizás por eso la idea de ser suficiente para mí me parece tan importante.

Porque no se trata solamente de ser suficiente. Se trata de recordar para quién estoy intentando serlo.

No quiero que mi vida se convierta en una demostración constante.

No quiero sentir que tengo que enseñarle a alguien cuánto valgo, cuánto he conseguido o qué tan capaz soy para merecer respeto, cariño o un lugar en el mundo.

No necesito que todos comprendan mis decisiones. Ni que todos admiren mis logros. Ni que mi vida se vea impresionante desde afuera.

Me gustaría poder tomar decisiones que me hagan sentir en paz conmigo misma, incluso cuando no sean las más llamativas. Poder celebrar mis pequeños avances sin compararlos con los de nadie. Poder disfrutar de lo que tengo mientras trabajo por lo que deseo.

Y, sobre todo, poder confiar en mí.

Porque el esfuerzo es necesario. Lo necesitamos para aprender, para crecer, para construir y para acercarnos a las cosas que nos importan.

Pero también necesitamos confianza.

Confianza para intentar algo sin tener la certeza de que saldrá bien. Para equivocarnos sin convertir un error en una definición de quiénes somos. Para elegir un camino distinto al de los demás. Para reconocer nuestras capacidades sin sentir que estamos siendo arrogantes.

Confianza para mostrarnos como somos, sin pedir disculpas por cada pequeña diferencia.

Y confianza para entender que nuestro valor no desaparece cuando algo no sale como esperábamos.

Simplemente, siendo yo

Quiero seguir esforzándome. Quiero aprender, crecer, hacer cosas que me ilusionen y descubrir hasta dónde puedo llegar.

Pero también quiero dejar de vivir comparándome con los demás.

Quiero aprender a reconocer lo que ya soy, a confiar en lo que puedo hacer y a darme permiso de construir una vida que se sienta mía.

Quiero recordarme que no necesito ser otra persona para tener valor. Que no tengo que demostrarle nada a nadie para merecer sentirme orgullosa de mí misma.

Y que puedo estar en proceso, tener dudas, cambiar de opinión y todavía no saber exactamente hacia dónde voy, sin que eso signifique que estoy fallando.

Porque quizás ser suficiente para mí no sea una meta a la que finalmente llegaré algún día.

Quizás sea una forma distinta de acompañarme mientras vivo.

Una manera de dejar de tratarme como alguien que siempre tiene algo que demostrar y empezar a tratarme como alguien a quien vale la pena conocer, cuidar y querer.

Y si las flores pueden florecer sin demostrar nada a nadie, quizás yo también pueda permitirme hacerlo.

A mi ritmo.
A mi manera.
Sin necesitar convertirme en alguien más.
Simplemente, siendo yo.

Créditos de imagen

Fotografía de portada: Clive Nichols (@clivenichols)

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